n grupo de investigadores norteamericanos, basándose en la Teoría del Apego, diseñaron un modelo de intervención al que denominaron Círculo de Seguridad Parental (Powell, Cooper, Hoffman y Marvin, 2014). La idea central con la que se trabaja desde este modelo es muy sencilla e ilustra a la persona adulta –se puede extender al grupo familiar o social de referencia- como base y refugio, sosteniendo con ambas manos estas funciones. Este círculo, puede dividirse en dos mitades, cortadas por una línea recta horizontal; el punto que corta el perímetro a la izquierda es la persona adulta. Desde allí, como base, niñas y niños se alejan, caminando el perímetro hacia la derecha –el semicírculo superior-. En algún punto del camino, tendrán la necesidad de volver, caminando de derecha a izquierda por el semicírculo inferior, hacia el refugio, nuevamente, la persona adulta. Las necesidades de niñas y niños en la mitad superior e inferior de la circunferencia son diferentes.
Una base. Para salir a explorar, alejándose de la figura de apego, es necesario que niñas y niños sientan libertad y confianza, elementos que, en gran parte, estarán dados –o no- por parte del adulto/a. Aquí, madres y padres deben aprender a “cortar el cordón” o “dar más cuerda” –si valen las metáforas-, a fines de que el niño pueda alejarse y conocer un poco más allá, ubicar sus intereses y preferencias, poner a prueba sus destrezas y recursos y conformar un sentido de competencia y eficacia que será base de su autoestima. Para ello necesita de una persona adulta que permita e incentive, ofreciendo esta apertura como estimulante y disfrutando con él cada paso. Sin libertad, en cambio, no hay chance para que el niño o la niña pueda salir al mundo, quedando atrapado/a en la proximidad más inmediata –física y/o psicológica- del adulto/a: así, el círculo queda reducido a un punto, sin licencia para ganar amplitud.
Un refugio. Durante la exploración pueden suceder muchas cosas: las situaciones que el niño o la niña vaya viviendo serán la fuente de distintos estados emocionales que no sabe aún gestionar. Es tiempo de volver al refugio: aquí tendrá la protección, la contención, el consuelo y las palabras que necesita para organizar su experiencia y recuperar la calma, encontrando ambos gratificación en este momento de sincronía. La clave está en que madres y padres puedan aquí mostrar una disposición franca, sin condiciones: una actitud corporal abierta, un gesto facial amable, calidez en la mirada, suavidad y firmeza en la entonación, precisión a la hora de elegir las palabras justas y serenidad para acompañar el proceso.
La seguridad del círculo reside en la presencia, la sensibilidad y la disponibilidad por parte de la figura de apego, una base desde la que el niño o la niña pueda salir a conocer el mundo y un refugio al que pueda volver cada vez que así lo necesite.
Para que el vínculo sea seguro se requiere de presencia y accesibilidad, firmeza y seguridad por parte del adulto. Las manos nunca deben retirarse ni rechazar, tampoco mostrarse inconsistentes o endebles a la hora de sostener, ni ser intrusivas o agresivas. Para que nuestros hijos e hijas ganen confianza, seguridad y bienestar, madres y padres debemos facilitar el ambiente y las experiencias, promoviendo así el desarrollo de sus capacidades cognitivas, emocionales y sociales. Y para esto debemos recordar –en todo momento- que, en este vínculo, somos los:
Si esto sucede, niñas y niños fortalecerán sus recursos para comunicarse, su facultad reflexiva, su capacidad para gestionar sus emociones, su mirada sensible hacia sí mismo/a y hacia los demás, su posibilidad de generar vínculos saludables, su chance para construir alianzas y trabajar de manera cooperativa, su creatividad, sus recursos para la resolución de problemas.
Han pasado más de 60 años desde los pioneros estudios de Harry Harlow, uno de los grandes investigadores en los que se apoyó el inglés John Bowlby para desarrollar la Teoría del Apego. Los planteos del etólogo señalaban que las crías de los monos, corridos de su madre a poco de nacer, estaban programadas biológicamente para formar vínculos emocionales que son independientes de la alimentación. El estudio era sencillo y las conclusiones se desprendían por sí solas con innegable contundencia: el mono lactante era encerrado en una celda en la que encontraba dos figuras de metal que simulaban ser la mona madre, una con una mamadera entre los alambres y otra revestida de felpa pero sin la tetina ni la leche. A poco de ingresar, el monito se trepaba a la mona de metal para alimentarse –succionando la tetina de la mamadera-, pero a los pocos segundos, evidentemente estresado por esta situación novedosa y cargada de incertidumbre, se corría de allí para abrazarse a la figura revestida de felpa. Esta escena se repetía en varias ocasiones, quedando patente la elección del pequeño mono por aquella que le podía brindar la sensación de protección y seguridad. Desde allí, abrazado, miraba el mundo, observaba el ambiente; al rato se animaba a salir a explorar el entorno más inmediato. Y si alguna situación lo estresaba o hacía sentir amenazado, salía corriendo a buscar “los brazos de la mona”. Ocasionalmente, y sólo para alimentarse, se trepaba a la mona de alambre, retornando pronto a su base, a la figura que le da seguridad y afecto. Y de aquí se desprende, sola, una conclusión que supo ser investigada y respaldada luego a lo largo y a lo ancho del planeta, hoy, hace más de seis décadas.
Niñas y niños necesitan monos de felpa que sepan funcionar como figuras de seguridad. No sólo porque buscan protección, sino también contacto, estímulo y afecto.
La seguridad del apego –dado que este vínculo puede o no ser seguro- habita en la capacidad del cuidador o cuidadora de ofrecer, de manera sostenida y estable, respuestas sensibles. La madre, el padre o el adulto de referencia para el niño o niña se muestra atento a sus necesidades, que sabe vincularse en una relación bien coordinada, sincronizada, recíproca, de manera afectuosa, expresiva y con un clima positivo. Cuando la niña o el niño se siente animado e interesado por explorar el mundo que lo rodea, le brinda confianza para que pueda hacerlo, y cuando alguna situación lo desborda, se muestra disponible para contenerlo y acompañarlo en la recuperación de la calma.
Si la felpa es la adecuada, la niña o el niño crece sintiendo –sabiendo- que el acceso al adulto/a está garantizado; esta experiencia, internalizada en representaciones o modelos mentales, es la que le permite sentirse seguro, bien afirmado para construir una autoestima fuerte y saludable.
La calidad nutricia de la leche materna, ese alimento dinámico que sabe ajustarse a las necesidades del niño o niña en crecimiento, es, sin dudas, insuperable. Pero más allá de esa nutrición, lo que la lactancia suma al fortalecimiento del vínculo, es también incuestionable.
La relación de un padre o una madre con su hijo es naturalmente asimétrica, y esto no comporta ningún conflicto. Lo que no se debe confundir es que esa asimetría, sobre la que se monta la relación, no aplica al respeto: éste debe ser siempre recíproco, igual de uno/a a otro/a, en ambos sentidos.
Es un malentendido frecuente considerar que la crianza positiva pone en un mismo nivel a la madre y el padre respecto de sus hijos e hijas; desconocer esta asimetría desdibuja su rol de cuidadores/as, guías y acompañantes. Se trata así de una desigualdad saludable, necesaria y justificada en los roles que ocupa cada persona en el vínculo. Esta asimetría es dinámica y cambiante, por lo que debe ser revisada en función de los pasos que los hijos e hijas van dando en el camino de la autonomía progresiva.
Ahora vale que veamos un puñado de variantes de esta falta de igualdad en la relación, a fines de que profundicemos la exploración de nuestros vínculos. Y como estos están entramados en nuestra propia historia, estaremos también observando la forma en que fuimos criados/as.
Asimetría autoritaria. Se trata de esa forma de relación en la que la comunicación es muy escasa, sin ponerse la madre o el padre en el lugar del niño o niña, sin comprender sus necesidades y desconociendo sus procesos emocionales. Los deseos, sueños y expectativas del niño o niña no son contemplados, dado que no son importantes en una ecuación que sólo debe cerrarle “al que manda”. Así, el rumbo se marca de arriba hacia abajo sin intermediación de la palabra y sin espacio alguno para negociaciones. La ley se establece simplemente “porque lo digo yo” o “porque soy tu mamá/papá”, pisando muchas veces el campo del sometimiento.
(Falsa) Simetría. En este formato relacional cada decisión es presentada en una mesa de negociación: el voto de cada una de las partes vale uno. Incluso definiciones para las que la niña o el niño no está aún preparado son presentadas en este plano democrático, sin que el peso de cada voto pueda ajustarse a la jerarquía del tema planteado. Se trata de una simetría falsa, dado que, aunque presentada en el marco del respeto, no hace más que desconocer las necesidades del niño o niña y desdibujar el rol de padres y madres. Esta simetría pone en un mismo plano el conocimiento y recorrido de unos y otros, sin considerar siquiera que el niño o niña, a la hora de emitir su opinión –su voto-, quizás no ve lo que puede suceder más allá de esta jugada en el tablero. Por otro lado, lo ficticio de este modelo no tardará en chocar con el funcionamiento regular del mundo por fuera de esta burbuja, por lo que no prepara al niño o niña para la convivencia en otros entornos.
Asimetría inversa. En este caso ya no hay instancias de mediación: el niño o niña decide. Y punto. No hay un momento para negociar, o si lo hay, es tan endeble que se rompe en menos de lo que dura un suspiro. Al no existir de manera firme esta instancia, no hay espacio para la exposición de los motivos, intereses y expectativas de la decisión y las alternativas y modos para ejecutarla, perdiéndose este paso tan necesario y enriquecedor para el desarrollo de capacidades. Así, la experiencia del niño o niña queda velada, sin poder organizarse, oculta debajo de una decisión que no da cuenta de sus pensamientos y sentimientos. La niña o el niño, con aspecto de tirano, amenaza, castiga y hiere a la madre o el padre esclavo hasta que el esclavo baje la cabeza y acceda. Es claro que la falta no es de la niña o el niño, quien termina siendo –sin saberlo- esclavo de un estilo vincular que no hace más que empobrecerlo.
Recta Asimetría. Aquí habita una asimetría saludable que reconoce el lugar que le toca a cada uno/a: en ocasiones cada voto vale uno, en otras, ambas voces se escuchan pero la definición se cierra en el voto de la madre, el padre o cuidador/a. Sin abusar ni ceder de manera negligente o irresponsable, se van tomando las decisiones que se consideran más convenientes, valorando lo que la niña o el niño piensa y siente y acompañándolo en la organización de la experiencia. De este modo, alzando la vista y contemplando aquellas curvas en la ruta que la niña o el niño aún no puede ver, el adulto lo protege, cuida y educa, exponiéndolo a aquellos desafíos para los que está armado pero alejándolo de los giros para los que todavía no está preparado. La asimetría recta, equilibrada o justa respeta sus tiempos, procesos evolutivos, capacidades, intereses y deseos, valora y valida sus sentimientos y pensamientos y acompaña en la narración de una historia que puede comprender letra a letra.
La relación, naturalmente, es y debe ser asimétrica. El respeto, en toda circunstancia, debe ser recíproco.
Otra confusión común es considerar que la crianza respetuosa propone un marco en el que se termina consintiendo a la niña o el niño, dejándolo hacer todo lo que quiera, sin límites. Por esto vale dejar bien claro este punto: los límites cuidan; la falta de límites descuida.
Los límites sirven para evitar riesgos y para no exponer –a uno/a mismo/a o a otro/a- a situaciones que no son fructíferas o convenientes; ayudan a detener el impulso, pensar, evaluar alternativas y elegir. Así, los límites dan seguridad, dado que fijarlos en los momentos oportunos y de la mejor manera, habilitan a entender lo que es más apropiado y por qué. Por todo esto, es indudable que son absolutamente necesarios.
Los límites requieren de sensibilidad y disponibilidad, palabras que nos vienen acompañando desde el principio.
Primero, sensibilidad para interpretar qué es lo que está pensando, sintiendo y haciendo –o por hacer- la niña o el niño, para leer la situación –lo que se ve y lo que no se ve- que está ocurriendo y que exige el límite. Luego, para descifrar qué es lo que le pasa cuando lo escucha: es preciso comprender el natural y legítimo malestar que sigue al límite, producto de la frustración de no poder hacer aquello que quería –lo mismo que nos pasa a todos/as-. Si no logramos entender todo lo que pasa debajo, nos quedaremos en la sola manifestación tras la pisada del freno, lo que resulta en una mirada incompleta. Por esto, es importante validar eso que le pasa y habilitar su expresión, sin pretender que no sienta enojo o tristeza, sin procurar que tales emociones no ocurran o callarlas apenas aparecen.
La segunda palabra en cuestión, la disponibilidad, va en la accesibilidad que la mamá, el papá o cuidador/a tenga alrededor de toda esta secuencia, aquí, muy cercana a la paciencia y la propia tolerancia a la frustración, dedicando el tiempo que sea necesario para acompañar la situación en clave sensible. Si la persona adulta se desregula, pierde la paciencia y se frustra, es muy probable que pierda el rumbo.
Aquí, algunas claves: los límites deben construirse en entornos seguros, empapados de sensibilidad, marcados con firmeza y fijados con coherencia y consistencia.
Los límites deben construirse en entornos seguros, aquellos en los que se respira esa sensibilidad a la que hacía referencia líneas atrás, acompañando con respuestas contingentes lo que pueda surgir a partir del no –siempre en clave de buenos tratos-. Se trata de ambientes en los que se aprende a transmitir mensajes claros y contundentes, sin lugar a ambigüedades, con fundamento y sentimiento –ambas formas de expresión son imprescindibles-, siendo todo comunicado de la manera adecuada para cada etapa de la niña o el niño y respetando el momento y circunstancia puntual en la que se desarrolla la escena.
Los límites deben ser marcados y sostenidos con firmeza, con lugar a ser cuestionados y atentos a explicarlos –con una sincera implicación emocional- pero sin chance a ser quebrados. En esto va la firmeza: si es no, es no, sin importar la reacción; de otra forma lo que aprende la niña o el niño es que toda norma puede ser transgredida, que el secreto está en cuánto ruido haga: ésta es la semilla de los espirales de enojo y violencia que muchas veces suceden en las escenas hogareñas. Insisto, si es no, es no… con empatía, pero sin borrar ni difuminar el límite escrito.
Los límites deben ser fijados con coherencia y consistencia –en un mismo contexto, siempre la misma ley-, a fines de que la niña o el niño pueda luego anticiparlos, armando un esquema claro en su propia mente de qué cosas sí se pueden y cuáles no. Cuando estas palabras están presentes en la crianza, la necesidad de estar fijando límites a cada rato disminuye de manera notable, dado que se van transformando en reglas que el niño internaliza. Entonces llegará el momento en que ya sabrá, antes de jugar a prueba y error, qué cosas sí se pueden, cuándo, dónde y cómo, y cuáles otras no, sin tener que pasar por una nueva secuencia en la que lo pide, le dicen que no, se molesta, la mamá, el papá o cuidador/a se enoja y demás… Esta consistencia y claridad ordenan.
Referencias Bibliográficas
Raspall, L. (2022). Si hay suelo, no hay techo. 50 posteos para una crianza positiva. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.