La adolescencia siempre fue un período en el que prevalece la tensión y el conflicto entre dos generaciones, y así lo seguirá siendo porque es lo natural de la etapa. Esto no debería inquietarnos; lo que sí llama la atención, y busco entonces advertir, es la particular mirada y la consecuente forma de describir que tienen las personas adultas sobre los adolescentes, siempre bajo la patente de defectos: insolencia, rebeldía, apatía, pereza, labilidad emocional, incoherencia… Si así los vemos -la adolescencia como un problema-, y de este modo se lo trasladamos a nuestras hijas e hijos, es de esperar que haya problemas. Vayamos despacio…
Primero, es lo propio que la adolescencia que estas cualidades aparezcan en escena o se exacerben. Esperar lo contrario sería una equivocación, quizás montada sobre una expresión de deseo, tanto como pretender que un niño de 3 años no se desregule emocionalmente –que no haga un berrinche-.
Luego, echarles en cara cada uno de estos adjetivos, con gesto de desaprobación, o hablar de ellas y ellos utilizando estos calificativos de manera peyorativa, sólo hará que sientan un fuerte rechazo. Exigirles que no les pase y actúen lo propio de su etapa es un sinsentido, y, estratégicamente, es un camino equivocado, dado que, como es una etapa de confrontación, es probable que enarbolen esas cualidades como bandera por el solo hecho de desafiarnos o mostrarnos que están parados en la otra vereda y que toman sus propias decisiones.
Por último, tengamos nosotros la claridad de que no son así, sino que esas calificaciones que tanto nos irritan –constancia de un trabajo interno por hacer- son solamente componentes inevitables de una etapa y nada más, por lo que vale decir, simplemente, que hoy están así y que ya dejarán de estarlo.
Desinterés y entusiasmo, pereza y energía, egoísmo y solidaridad, labilidad e intensidad emocional, imprevisibilidad y rebeldía, incoherencia y seguridad… fluctuaciones y movimientos propios de la etapa. No deberíamos esperar ni desear algo diferente.
La adolescencia es un período de transición desde el final de la infancia hasta la puerta de la adultez. Y en toda transición anidan las tensiones; la que toca aquí se debe al tironeo de dos fuerzas contrarias: seguir siendo niño y dejar de estar en esa posición.
Es imposible que seguir siendo niña o niño no traccione, dado que es más cómodo aquello que resulta familiar –ya sabe cómo hacerlo- y seguro –no hay profundos precipicios cerca-. Vista así, hasta parece lógica o acertada la decisión de quedarse en ese sitio. Pero –siempre hay un pero-, la fuerza adolescente que empuja desde adentro es incontenible, quitarse ese traje y dejar de estar en esa posición terminará ganando la pulseada. Transición, cambio de vestuario y cambio de identidad.
El proceso no es prolijamente progresivo o lineal, sino más bien por escalones, con idas y vueltas. Se trata entonces de una evolución en espiral plagada de tironeos y resistencias. Movimientos hacia adelante, empujados por un potente turbo, frenos de mano que parecen dejar suspendido o quieto el tiempo, y retrocesos hacia instancias que parecían superadas o trascendidas. Así, coexisten y alternan el niño/a y el adulto/a; dicho de otro modo, no están ni el niño/a ni el adulto/a. La curiosidad tira para adelante, la inseguridad para atrás. La atracción empuja, el temor retrae. Y, en el medio, madres y padres sin tener muy claro con cuál de estas tres figuras está conversando. De hecho, quizás comienza la charla con una y, de repente, ¡toma el lugar otra! Esto, que puede generar cierta gracia al leerlo, debe ser observado con mucha seriedad y respeto, sin minimizar el potencial de desorganización y daño que tienen estas intersecciones. Desbordadas sus capacidades para integrar y ordenar lo que le pasa, frente a un cuerpo que muta –y le resulta aún desconocido e inmanejable-, un deseo que empuja hacia rincones desconocidos, un grupo de pares que se mueve vertiginosamente, un norte que se desdibuja a cada rato y una mirada, la de los adultos, que queda bajo el pie de un ceño fruncido, el adolescente sufre. Y cuanto más rápido se sucedan estos cambios, yendo y viniendo, empujando y traccionando, más cerca estará de una posible fractura.
En tiempos de transición y conflicto, los movimientos progresivos y regresivos son naturales y esperables, y, generalmente, cargan con montos altos de incertidumbre y sufrimiento. ¿Qué necesitan, entonces, el adolescente de las personas adultas? Empatía y paciencia.
Empatía para entender –nosotros- que no la está pasando bien y paciencia para respetar sus tiempos y procesos, acompañando de cerca para que sepa que no está solo en este difícil camino. Empatía y paciencia, aunque esas tensiones y sufrimiento no se manifiesten tan claros, o, incluso, cuando los proyecten hacia afuera: la escuela, el mundo o nosotros mismos… Estas proyecciones son, simplemente, vías de escape que buscan descomprimir esa presión que se le hace, muchas veces, insoportable. La marcha es de él; no hay manera –ni debería haberla- para que le evitemos este paso. Como no es un regalo, entonces es una conquista: para bien o para mal, en la adolescencia no se regala nada, la adultez se conquista.
Como enseña el profesor Daniel Siegel, los cambios cerebrales que se dan durante los primeros años de la juventud establecen durante la adolescencia cuatro cualidades en nuestra mente: búsqueda de novedades, implicación social, aumento de la intensidad emocional y experimentación creativa. Se trata de giros en los circuitos fundamentales del cerebro que hacen que el período de la adolescencia sea diferente al de la infancia. Estos cambios afectan a la forma en que las y los jóvenes buscan la gratificación en probar cosas nuevas, conectar con sus iguales de manera diferente, sentir emociones más intensas y rechazar los modos establecidos de hacer para crear nuevas formas de estar en el mundo. Cada uno de estos cambios es necesario para sostener las importantes transformaciones que ocurren en el modo de pensar, sentir, interactuar y tomar decisiones durante la adolescencia. Y sí… estos cambios positivos, también tienen posibilidades negativas. Vamos de a uno.
1. La búsqueda de novedades surge de un creciente impulso de gratificación: en los circuitos del cerebro adolescente, esto se traduce en la creación de una motivación interior de probar algo nuevo y experimentar la vida más plenamente.
Desventajas: la búsqueda de sensaciones implica la aceptación del riesgo. El nudo aquí reside en que esta valoración suele no ser consciente ni equilibrada, por lo que esta tramitación, generalmente, se resume en conceder más importancia a las emociones que a los riesgos, consecuencias o daños de las decisiones tomadas. Además, la impulsividad –muy propia de la inmadurez del cerebro adolescente- puede convertir una idea en una acción sin tiempo ni lugar para conducir esta reflexión, que debería saber abrir un paréntesis entre el estímulo o el deseo y la conducta.
Ventajas: estar abierto al cambio y vivir apasionadamente son modos que se acrecientan en este período de la vida; la investigación de la novedad se agudiza hasta convertirla en una aventura, motorizada por el deseo y aprovechando la apertura y la creatividad para poner en marcha nuevas formas de hacer las cosas.
El claro énfasis en lo positivo –sobrevalorado- y el desprecio de lo negativo –infravalorado- es el fruto de los cambios transitorios en la estructura y función del cerebro adolescente.
Por otro lado, el funcionamiento del cerebro depende del estado, por lo que no es igual su marcha en frío o en caliente. Cuando está en calma, ciertas funciones integradoras –horizontales y verticales- pueden llevarse a cabo correcta y eficientemente, pero las mismas funciones, cuando la o el adolescente se siente alterado –nervioso, molesto, asustado-, no encuentran los mismos resultados. En tales instancias, las facultades para evaluar, gestionar, ejecutar y monitorear se encuentran mermadas: dicho en criollo, el cerebro racional (prefrontal) no puede gobernar el cerebro emocional (subcortical), por lo que las actitudes o respuestas terminan resultando desajustadas o desproporcionadas.
La eficiencia de la función integradora del cerebro depende del estado: cuando el adolescente se encuentra regulado emocionalmente la marcha es adecuada; cuando se halla fuera de equilibrio, su paso se encuentra obstaculizado.
2. La implicación social busca, ante todo, la conexión con los pares, construyendo nuevos vínculos y ampliando el mapa de relaciones, afinando la sintonía y profundidad de las relaciones. En lo social, también hay exploración y búsqueda de nuevas sensaciones, fundamentales para los tiempos que siguen.
Desventajas: en la medida en que las relaciones con los pares son la nueva referencia, falta la mirada, pausa y reflexión de las personas adultas, quedando más expuestos a los riesgos que asumen –y, quizás más aún, en grupo-.
Ventajas: este impulso conlleva a la creación de nuevas relaciones y con otro nivel de profundidad, apoyo fundamental para el arco de exploraciones que se abren en esta etapa. La calidad de estas relaciones, por otro lado, es un importante de bienestar, no sólo en la adolescencia, sino también a lo largo de toda la vida.
3. El aumento de la intensidad emocional le confiere a la vida ganas de moverse y sentido de aventura. Las emociones son un motor importante para acercarse o alejarse de determinadas situaciones o contextos y, como ya vimos, la exploración es un comportamiento fundamental de esta etapa.
Desventajas: las emociones en esta etapa tienden a desbordar, creciendo rápido en muy poco tiempo y frente a estímulos que, en frío, son menores. Esta desregulación puede desembocar en impulsividad o en decisiones no convenientes, a la vez que en cambios frecuentes de humor y una reactividad excesiva que dificulta la propia calma y el trato cotidiano con las demás personas.
Ventajas: la intensidad emocional llena de energía y ganas; es un impulso que se traduce en entusiasmo por andar, conocer y explorar, incluso cuando el camino se pone cuesta arriba.
El cerebro emocional hiper-reactivo se explica en la mayor actividad de las áreas subcorticales durante la adolescencia respecto de lo que sucedía en la infancia, a la par que las áreas prefrontales y las vías inhibitorias que de allí parten no se encuentran firmes aún.
En lo concreto de la vida cotidiana, esto se observa en la montaña rusa emocional de la adolescencia, trepando las pasiones con mucha velocidad e intensidad y, en ocasiones, bajando de la misma manera. Falta la templanza que otorga la corteza prefrontal, sedando tanta pasión y amortiguando los impactos arriba y abajo. Además, frente a un estímulo determinado, el que gatilla o dispara la secuencia, la ruta emocional es mucho más rápida que la racional. Y, esto, que ocurre así durante toda la vida, es especialmente notable durante la adolescencia.
4. La creatividad florece en la apertura para mirar el mundo de modo crítico, cuestionando lo establecido y procurando modificarlo. El cerebro adolescente tiene ya la capacidad para hacerlo –aunque le falte madurar aún-, a partir del surgimiento de una mirada honda y un razonamiento abstracto.
Desventajas: en el corazón del acto creativo hay incertidumbre y ésta suele ser muy densa cuando la creación implica la propia identidad. La crisis de identidad, la definición del sentido de la vida y la construcción de un proyecto personal, sin dudas rompe el equilibrio infantil y trae malestar.
Ventajas: no hay manera de fundar un ser original si no es creativamente; de otro modo sería una copia o un corte y pegue de modelos o expectativas familiares o sociales. La propia llama –la que cada persona trae consigo desde su misma concepción- se aviva en la facultad creativa, rompiendo con lo establecido o lo que –por alguna razón- se supone que debe ser. También aquí florecen nuevas respuestas para viejos problemas y preguntas para temas que impresionan novedosos.